HERNÁN PELÁEZ O EL GERIÁTRICO
Sin embargo, desde ese momento, más que leerse como un loable esfuerzo, el programa adquiere un tufillo de autoestimulo, un desesperado intento de Peláez por no sentirse solo (un propósito par nada reprochable, ni más faltaba).
Lo más grato del programa es que los más jóvenes aprendemos y la tercera edad rememora; y lo fatal que la cuarta edad llora.
A veces uno piensa, incluso, si Peláez acaso no debería compadecerse de los oyentes avanzados en edad que reciben las intensas emociones desatadas. Aunque existe un vacío estadístico en ese campo, tengo la sospecha de que uno que otra defunción o apoplejía le debemos en el país a Peláez.
Sin embargo ese no es el punto, no es eso lo que me preocupa; o mejor: ojala fuera sólo eso.
Lo verdaderamente alarmante es la manera como Peláez se ensaña en promover dos tipos de anécdotas entre sus invitados.
Culpables también sus interlocutores, que muerden con avidez el anzuelo que el perverso antepasado les envía así: “oiga hermano (dice en un suave tono etílico), ¿y Usted no tuvo en su carrera alguien así con el que tuviera una pelea cazada?”.
Y claro, al entrevistado le vibra la voz, le asalta una ansiedad que parecía perdida para siempre en la contemplación de las palomas del parque: “¡Uy, pero claro doctor!…. Imagínese que….”… Y comienzan las atropelladas ilustraciones de porrazos, puntapiés en las rodillas, pinchazos con agujas, Vicks Vaporub en los ojos, en fin: lo mismo que nos enseñaron Zubeldía y Bilardo, pero con un gratísimo toque colombiano.
¡Y como goza ese Peláez!.
Pero lo mejor aún está por venir: en el culmen del festejo, Peláez hace su última y gloriosa arremetida: “oiga hermano, ¿y Usted no tuvo uno que otro viciecito?. Digo, un vicio sano. Porque a Usted como que le gustaba tomarse uno que otro, ¿no?...”.
Malo, maléfico ese Peláez, siempre en la averiguación de partidarios de su amado e inseparable whisky.
Y claro, el otro anciano confiesa desde sus años postrimeros, las inmoralidades que hizo y las que se imagina que hizo (a esa edad hay que desconfiar de las relatos: todo, patadas u orgasmos, tiende a volverse proeza).
Para ese momento Peláez ya está pleno. No se cambia por nadie, envuelto en carcajadas que nunca le escuchamos en ninguna transmisión, por más bueno que fuese el partido.
Yo sinceramente, después de escuchar aquellas peligrosas compincherías entre octogenarios que celebran y alardean de sus épocas de malevaje y bares de mala muerte, le he prohibido terminantemente a mis hijos que enciendan la radio a esa horas, para evitar que asistan a tan degradante espectáculo.
Mil veces prefiero pagarles un canal de cine porno.
En los próximos días decido con mi mujer si le ponemos una tutela a Peláez, que en sus años terminales se ha convertido en un peligroso exhibicionista. Quien lo creyera.
Pedro Gambetta
Arquitecto
Bogotá D.C, julio de 2009.

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