POR EL RESPETO A PINTO Y AL FÚTBOL
La decisión de nombrar a Lara como Técnico (e) de la Selección Colombia de fútbol, es la mejor. Por varias razones.
La primera, el conocimiento que Lara tiene de la actual generación de futbolistas que integran la Selección de mayores, que en su mayoría pasaron por sus manos cuando se formaban como jugadores. En segundo lugar, y complementariamente, el corto tiempo de preparación que tenemos para afrontar los próximos partidos contra Paraguay y Brasil no permite mayor preparación, y un Técnico extranjero, por ejemplo, no podría abordar con éxito ese reto.
Incluso la condición de interinidad de Lara me parece adecuada, pues le quieta presión a la situación y concentra la responsabilidad colectiva en compromisos puntuales: dos partidos, y nada más, como umbral para tomar decisiones.
Para la siguiente fecha, que se realizaría en un período de cinco meses, habrá tiempo para evaluar con calma.
La opción de dejar a Pinto, con el argumento de que, precisamente, la próxima fecha de la eliminatoria era inminente y un cambio de Técnico sobre la marcha podría ser contraproducente, era una solución temerosa y costosa, pues el revulsivo del nombramiento de Lara es, quizá, lo único que puede garantizar que Colombia tenga un nuevo aire para enfrentar a los rivales que nos esperan.
La decisión era ahora.
Y, sin embargo, el proceso Pinto era necesario, pues con su trayectoria y sus resultados con el Cúcuta, se había ganado la oportunidad de dirigir una Selección Colombia.
No obstante, desde la Copa América el proceso mostró que su futuro estaba comprometido, y no por falta de capacidad o de formación de Pinto, sin duda uno de los técnicos más estudiosos del país.
El problema era otro: una Selección Nacional de fútbol, en cualquier parte del mundo, demanda, adicional a la indudable capacidad técnica de quien la oriente, la sabiduría y el sentido político suficiente para conducir los complejos intereses externos hacia un propósito común.
Y Pinto – lo hemos dicho reiteradamente en el Blog –, lamentablemente parece carecer de esa ‘mano izquierda’.
Pero, pese a las características particulares de su personalidad, Pinto en su momento representaba una dignidad de Técnico de la Selección nacional que había que respetar.
Y ejercer ese respeto, saber valorar la dimensión simbólica de la nacionalidad en la figura del Técnico de la Selección, requiere don de gente y grandeza, la misma que muy pocos periodistas deportivos en nuestro país han aprendido a cultivar.
Al respecto, en columna reciente critiqué actitudes de Javier Hernández Bonnet frente a la gestión de Pinto, por considerarlas ladinas y ruines. Al mismo tiempo que señalé que esas evidentes falencias éticas de Hernández, frente otras actitudes ciertamente ‘acidas’ y ‘grandilocuentes’, resultaban intolerables.
Y a las ‘acidas’ actitudes quiero referirme.
Estoy convencido de que el esplendor de una persona encuentra su máxima prueba en el trato que da a sus contendores cuando están caídos, pues allí se impone el respeto a la dignidad humana, que es la misma del vencido y el vencedor.
Es decir, respetar a un contendor caído es respetarse a uno mismo.
Y ese respeto no sabe ejercerlo Iván Mejía, quien, en la entrevista que realizó a Pinto en Caracol Radio, un día antes de la reunión del Comité Ejecutivo de la Federación, arrinconó y humilló a un hombre cuestionado y debilitado por las circunstancias.
Y ese espectáculo de mancillaje a un ser humano no lo podemos avalar de ninguna manera, más en un país como Colombia, ávido de altos referentes éticos.
El irrespeto de baja intensidad en el cual vivimos y que legitimamos entre nuestras familias, también se alimenta desde los medios, donde es .posible ser crítico, duramente crítico, y aún ser educado y respetuoso con aquel a quien criticamos.
Y no seremos un mejor país sin identificar y señalar ese tipo de maltratos, legalizados por la inercia de irrespeto en que vivimos.
Pedro Gambetta / pedro_gambetta@yahoo.es
La primera, el conocimiento que Lara tiene de la actual generación de futbolistas que integran la Selección de mayores, que en su mayoría pasaron por sus manos cuando se formaban como jugadores. En segundo lugar, y complementariamente, el corto tiempo de preparación que tenemos para afrontar los próximos partidos contra Paraguay y Brasil no permite mayor preparación, y un Técnico extranjero, por ejemplo, no podría abordar con éxito ese reto.
Incluso la condición de interinidad de Lara me parece adecuada, pues le quieta presión a la situación y concentra la responsabilidad colectiva en compromisos puntuales: dos partidos, y nada más, como umbral para tomar decisiones.
Para la siguiente fecha, que se realizaría en un período de cinco meses, habrá tiempo para evaluar con calma.
La opción de dejar a Pinto, con el argumento de que, precisamente, la próxima fecha de la eliminatoria era inminente y un cambio de Técnico sobre la marcha podría ser contraproducente, era una solución temerosa y costosa, pues el revulsivo del nombramiento de Lara es, quizá, lo único que puede garantizar que Colombia tenga un nuevo aire para enfrentar a los rivales que nos esperan.
La decisión era ahora.
Y, sin embargo, el proceso Pinto era necesario, pues con su trayectoria y sus resultados con el Cúcuta, se había ganado la oportunidad de dirigir una Selección Colombia.
No obstante, desde la Copa América el proceso mostró que su futuro estaba comprometido, y no por falta de capacidad o de formación de Pinto, sin duda uno de los técnicos más estudiosos del país.
El problema era otro: una Selección Nacional de fútbol, en cualquier parte del mundo, demanda, adicional a la indudable capacidad técnica de quien la oriente, la sabiduría y el sentido político suficiente para conducir los complejos intereses externos hacia un propósito común.
Y Pinto – lo hemos dicho reiteradamente en el Blog –, lamentablemente parece carecer de esa ‘mano izquierda’.
Pero, pese a las características particulares de su personalidad, Pinto en su momento representaba una dignidad de Técnico de la Selección nacional que había que respetar.
Y ejercer ese respeto, saber valorar la dimensión simbólica de la nacionalidad en la figura del Técnico de la Selección, requiere don de gente y grandeza, la misma que muy pocos periodistas deportivos en nuestro país han aprendido a cultivar.
Al respecto, en columna reciente critiqué actitudes de Javier Hernández Bonnet frente a la gestión de Pinto, por considerarlas ladinas y ruines. Al mismo tiempo que señalé que esas evidentes falencias éticas de Hernández, frente otras actitudes ciertamente ‘acidas’ y ‘grandilocuentes’, resultaban intolerables.
Y a las ‘acidas’ actitudes quiero referirme.
Estoy convencido de que el esplendor de una persona encuentra su máxima prueba en el trato que da a sus contendores cuando están caídos, pues allí se impone el respeto a la dignidad humana, que es la misma del vencido y el vencedor.
Es decir, respetar a un contendor caído es respetarse a uno mismo.
Y ese respeto no sabe ejercerlo Iván Mejía, quien, en la entrevista que realizó a Pinto en Caracol Radio, un día antes de la reunión del Comité Ejecutivo de la Federación, arrinconó y humilló a un hombre cuestionado y debilitado por las circunstancias.
Y ese espectáculo de mancillaje a un ser humano no lo podemos avalar de ninguna manera, más en un país como Colombia, ávido de altos referentes éticos.
El irrespeto de baja intensidad en el cual vivimos y que legitimamos entre nuestras familias, también se alimenta desde los medios, donde es .posible ser crítico, duramente crítico, y aún ser educado y respetuoso con aquel a quien criticamos.
Y no seremos un mejor país sin identificar y señalar ese tipo de maltratos, legalizados por la inercia de irrespeto en que vivimos.
Pedro Gambetta / pedro_gambetta@yahoo.es
