EL JUEGO DE ESPAÑA Y DE COLOMBIA
Por Pedro Gambetta, arquitecto
Por Pedro Gambetta, arquitecto
El triunfo de España frente a Alemania en la final de la Eurocopa, arroja conclusiones que deberíamos saber recoger, para entender y mejorar el proceso que actualmente vive nuestra Selección de fútbol, que, igual que en cualquier país del mundo, siempre será motivo de discusión y emociones encontradas.
Creo que no hay Selección hoy en el mundo que ejemplifique mejor que España las características y posibilidades del estilo colombiano. De ahí la importancia de detenernos en el proceso español y en la manera como ha forjado su conquista de la Eurocopa.
España es un equipo de gran riqueza técnica, de buen manejo y mucho juego lateral, cuya clave al ataque es el cambio de ritmo para sorprender al rival.
Un tipo de juego que se volvería ineficaz, temeroso y soso, si no se complementara con una gran capacidad de movilidad y repentización en la parte de arriba, que es lo que determina la ambición y las ganas de victoria.
Sin embargo, la movilidad y la repentización no son aspectos aislados de un engranaje colectivo, el mismo que España ha logrado armonizar con el potencial y la identidad de su fútbol, que tantas veces quiso parecerse a Inglaterra o a Italia.
Y ese engranaje español se ha construido sobre un factor fundamental: el respeto a la pelota y a la capacidad técnica del jugador. Ese es el corazón de la propuesta general, el espíritu que gobierna al equipo.
Las alternativas y flexibilidad que tiene España en el medio campo, con los propios volantes de marca sorprendiendo en el área rival, demuestran que cuando se tiene una gran riqueza técnica es necesario priorizar en el esquema la capacidad individual para resolver, flotando sobre un estructura móvil, no el simple amarre del jugador a la norma.
Es posible, e incluso urgente, que un tipo de fútbol como el colombiano gire hacia un esquema aireado y soportado sobre la libertad y la responsabilidad del jugador para tomar decisiones. Un esquema flexible, capaz de recomponerse sobre la marcha, a partir de las iniciativas individuales.
Y libertad no supone caos o prescindir del esquema, sino garantizar que el potencial técnico no sucumba en la propuesta táctica.
En la máxima disciplina un alemán se siente cómodo y concentrado, incluso necesita sentir ese rigor para funcionar; mientras un colombiano en ese ambiente geometrizado se pone nervioso, no puede divertirse. E, insisto, no estoy promocionando la indisciplina, sino demandando ‘una disciplina nuestra’. ¿Se entiende el argumento?...
El problema de la Colombia de Pinto es que quiere parecerse hoy más a Alemania (país donde realizó sus estudios) que a España, es decir, a un modelo cultural absolutamente extraño a nuestro sentir y capacidades futbolísticas. En ese propósito, el equipo ha extraviado su espíritu, su capacidad de divertirse.
Por otro lado y tal como lo demostró España, el fútbol contemporáneo se resuelve cada día más en el medio campo, donde Colombia tiene, precisamente, su máxima riqueza. En este punto una consideración: ¿porqué no Macnelly y Giovanni juntos en el medio campo colombiano?, por ejemplo...
Sin embargo Colombia, aún teniendo una excepcional condición técnica, no ha logrado una identidad de juego ni una propuesta táctica que la interprete plenamente, y, por tanto, tampoco con una mentalidad feliz y ganadora.
Mientras la presencia física es una preocupación de un tipo de futbol contundente, largo y veloz, nuestra dimensión técnica exige inteligencia para manejar los tiempos y elegir el momento de la variante, astucia para sorprender, es decir: la malicia indígena que tanto nos sobra.
¿Por qué queremos ser distintos, inventarnos una cara ajena, retorcer la búsqueda que España ya nos muestra que está en lo que somos?.
Por último, nótese que Puyol, Casillas, Iniesta, Marchena, Xavi, Fábregas, Capdevila, Torres, han pasado por Selecciones juveniles y sub-20, hasta han sido subcampeones del mundo en esas categorías.
Es decir, la identidad futbolística no es el milagro del técnico del momento, sino el resultado de un trabajo desde abajo, planeado y sostenido, aplicado a todo el espectro del fútbol nacional.
Creo que no hay Selección hoy en el mundo que ejemplifique mejor que España las características y posibilidades del estilo colombiano. De ahí la importancia de detenernos en el proceso español y en la manera como ha forjado su conquista de la Eurocopa.
España es un equipo de gran riqueza técnica, de buen manejo y mucho juego lateral, cuya clave al ataque es el cambio de ritmo para sorprender al rival.
Un tipo de juego que se volvería ineficaz, temeroso y soso, si no se complementara con una gran capacidad de movilidad y repentización en la parte de arriba, que es lo que determina la ambición y las ganas de victoria.
Sin embargo, la movilidad y la repentización no son aspectos aislados de un engranaje colectivo, el mismo que España ha logrado armonizar con el potencial y la identidad de su fútbol, que tantas veces quiso parecerse a Inglaterra o a Italia.
Y ese engranaje español se ha construido sobre un factor fundamental: el respeto a la pelota y a la capacidad técnica del jugador. Ese es el corazón de la propuesta general, el espíritu que gobierna al equipo.
Las alternativas y flexibilidad que tiene España en el medio campo, con los propios volantes de marca sorprendiendo en el área rival, demuestran que cuando se tiene una gran riqueza técnica es necesario priorizar en el esquema la capacidad individual para resolver, flotando sobre un estructura móvil, no el simple amarre del jugador a la norma.
Es posible, e incluso urgente, que un tipo de fútbol como el colombiano gire hacia un esquema aireado y soportado sobre la libertad y la responsabilidad del jugador para tomar decisiones. Un esquema flexible, capaz de recomponerse sobre la marcha, a partir de las iniciativas individuales.
Y libertad no supone caos o prescindir del esquema, sino garantizar que el potencial técnico no sucumba en la propuesta táctica.
En la máxima disciplina un alemán se siente cómodo y concentrado, incluso necesita sentir ese rigor para funcionar; mientras un colombiano en ese ambiente geometrizado se pone nervioso, no puede divertirse. E, insisto, no estoy promocionando la indisciplina, sino demandando ‘una disciplina nuestra’. ¿Se entiende el argumento?...
El problema de la Colombia de Pinto es que quiere parecerse hoy más a Alemania (país donde realizó sus estudios) que a España, es decir, a un modelo cultural absolutamente extraño a nuestro sentir y capacidades futbolísticas. En ese propósito, el equipo ha extraviado su espíritu, su capacidad de divertirse.
Por otro lado y tal como lo demostró España, el fútbol contemporáneo se resuelve cada día más en el medio campo, donde Colombia tiene, precisamente, su máxima riqueza. En este punto una consideración: ¿porqué no Macnelly y Giovanni juntos en el medio campo colombiano?, por ejemplo...
Sin embargo Colombia, aún teniendo una excepcional condición técnica, no ha logrado una identidad de juego ni una propuesta táctica que la interprete plenamente, y, por tanto, tampoco con una mentalidad feliz y ganadora.
Mientras la presencia física es una preocupación de un tipo de futbol contundente, largo y veloz, nuestra dimensión técnica exige inteligencia para manejar los tiempos y elegir el momento de la variante, astucia para sorprender, es decir: la malicia indígena que tanto nos sobra.
¿Por qué queremos ser distintos, inventarnos una cara ajena, retorcer la búsqueda que España ya nos muestra que está en lo que somos?.
Por último, nótese que Puyol, Casillas, Iniesta, Marchena, Xavi, Fábregas, Capdevila, Torres, han pasado por Selecciones juveniles y sub-20, hasta han sido subcampeones del mundo en esas categorías.
Es decir, la identidad futbolística no es el milagro del técnico del momento, sino el resultado de un trabajo desde abajo, planeado y sostenido, aplicado a todo el espectro del fútbol nacional.
