Por Pedro Gambetta, Arquitecto
Que pena discrepar con el amigo Antonio Casale, del programa ‘El Alargue’ de Caracol y otros tantos programas, quien defiende el actual juego de la Selección Colombia de Pinto, con el argumento de que en la actualidad no tenemos Pibes Valderramas ni Tinos Asprillas, y que, entonces, con el ripio que quedó después de aquella generación de Pacho Maturana, a lo único que podemos aspirar, después de una década, es a lo que Pinto nos está mostrando actualmente.
La pregunta es, en la misma línea del argumento que no compartimos de Casale:
¿Acaso si hubiese algún Pibe Valderrama hoy entre nosotros, el esquema táctico de Pinto lo interpretaría y ayudaría en el desarrollo de su juego?. ¿Cuántos Pibes Valderramas no habrá rondando por ahí, invisibles para el tacaño y asustadizo juego de Pinto?....
El argumento de Casale es perdedor, pues nos pone en la penosa tarea de añorar un pasado que nunca superaremos, idolatría que aquí y ahora nos inmoviliza y empequeñece frente al reto presente. Además de minusvalorar la capacidad de jugadores jóvenes y capaces que, al contrario del Pibe, Asprilla y compañía, ya han sido protagonistas en nuestras Selecciones menores, y hasta han sido terceros en un mundial de fútbol.
Les aseguro que Pinto, si tuviera a mano a Messi, Riquelme o Ronaldinho, los reconvendría porque no se ajustan a su esquema táctico y terminaría prescindiendo de ellos por desaplicados.
Y no se trata de que cada cual haga lo que se le da la gana, con el argumento de ser niño genio.
Lo que pasa es que los grandes jugadores, al tiempo que personas bien dotadas para el juego, necesitan condiciones que posibiliten su brillo, un entorno que les de la confianza suficiente para que crezcan en su juego y desplieguen las virtudes que de otra manera nadie vería.
Un fútbol grande requiere pensamientos futbolísticos grandes, capaces de diseñar un esquema que aprecie y dé cabida a las singularidades.
El manejo que el 'Coco' Basile aplica a Argentina, es ejemplificador en ese sentido, pues pone la libertad creadora al servicio del potencial del equipo; sin temer que ese ingrediente singular le descomponga el pastel, al contrario: es ese el componente que precisamente enamora del pastel.
Mientras Pinto es cositero, chiquito, la creatividad para él es un obstáculo intolerable, dentro de la prioridad que para él tiene el esquema.
Pinto es uno de esos padres que educan a sus hijos para ser abogados o militares, nunca para ser artistas. Y no tengo nada contra esos señores de uniforme, pero si el niño no quiere, ¡¿porque obligarlo?!.
Esa capacidad de explorar, respetar y canalizar la naturaleza del otro, es lo que Pinto no asimila, pues está convencido de que lo bueno y fundamental en la vida son las leyes. Esa es su naturaleza, y la respetaríamos, sino fuese un pesonaje público.
Y tampoco comparto el argumento de mi amiga Paola Andrea Madiedo, Jefe de Comunicaciones de uno de los equipos de Cali –al que no nombro por respeto, pues me aclara en su comentario que sus opiniones son estrictamente personales –, quien afirma que deberíamos, más bien, “disfrutar de estar en una buena posición y de la posibilidad de ir al mundial”, pues “al final el marcador y los puntos son los que (…) ganan y eso tiene su mérito”. Y termina la dulce Paola diciendo: “¡Qué canibalismo!”.
Sin duda son las palabras de una mujer inteligente y, muy seguramente, requetebonita, como todas las caleñas. Pero considera dos cosas, Paola:
Primero, que nuestra posición de hoy, la que tú nos llamas a considerar y valorar, quizá sería mejor, si hubiésemos enfrentado sin tanto respeto a Brasil aquí en Bogotá, a Perú en Lima, a Bolivia en La Paz y a Ecuador en Quito. Es decir, si hubiésemos creído y ambicionado.
Una cosa es valorar lo obtenido, y otra cosa saber que podemos dar más, que estamos muy por debajo de lo que merecemos. Y eso no es ‘canibalismo’, sino la conclusión de contrastar nuestras posibilidades con los logros obtenidos.
Lo que nos falta, es lo que hoy les sobró a los turcos en su partido contra Alemania, en el marco de la Eurocopa.
Aún inferiores en condiciones físicas, en número de jugadores, incluso en historia, ellos fueron capaces de imponer condiciones y apostarle a obtener el imperio.
Todo o nada, era la consigna.
La misma de Leonidas en las Termopilas, que, cuando en plena batalla un soldado se le acercó preocupado para decirle: “señor, nuestros enemigos son tantos y nosotros tan pocos, que las flechas que nos lanzan cubren la luz del sol”, él placidamente le respondió: “mejor, pelearemos bajo la sombra”.
