¿PERIODISMO DEPORTIVO?
¿Porqué en el transcurso de un partido televisado, nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) comentaristas de fútbol no pueden superar la reiteración de obviedades y lugares comunes?, ¿porqué tan lejos de la capacidad de establecer un mapa claro y fundamentado de las variantes que plantea la contienda futbolística?. ¿Es muy difícil?, pues no debería.
Yo personalmente me sentí maltratado hace unos días, cuando en la transmisión del último clásico DIM-Nacional (Copa Mustang), Ricardo Henao Calderón afirmó a través de los micrófonos del Canal RCN: “…es que no hay nada que comentar…”, en protesta porque durante un largo trecho ninguno de los dos equipos llegaba con peligro al arco del otro.
La falta de criterio que en materia futbolística denota el comentario, reside en que reduce la complejidad del juego al simplismo emocional de la adrenalina del gol. Habría que recordarle al periodista (¿) que un gran partido de fútbol podría no tener goles, y viceversa, que un partido cuyo marcador final sea 8 a 5 podría ser aburridísimo y desabrido.
El problema es que para ser periodista deportivo en nuestro país (de cualquier deporte, no importa, relleno al fin y al cabo), basta ser simpático, tener un buen registro (dudoso en el caso de Henao) y algún Vélez que avale la integración al juvenil y poco exigente entorno mediático.
Una cosa, estimado amigo, es ser presentador de noticiero, buen negociante (fama de Henao), hacer chistes en ‘Fuera de Lugar’ (donde Henao se veía muy, pero muy bien), y otra muy distinta dedicarse con juicio y disciplina al tema del deporte, en especial al juego del fútbol; para, sólo entonces, tener la certeza de encarnar la capacidad y la vergüenza suficiente para asumir con franco profesionalismo el rol de periodista deportivo.
Pero no, la ligereza y el folclor con que se asume en Colombia este oficio supone que, en el caso de fútbol, se puede salir y entrar del ejercicio de comentarista sin la necesidad de estudiar permanentemente otros partidos ni enterarse de la evolución del juego en el planeta.
En efecto, más allá de las imposiciones de los medios de comunicación (que todo lo vuelven farándula y raiting), hay muchachos que no tienen ni cinco de ganas de darle estatura de oficio al periodismo deportivo.
Muy cómodos en el superfluo papel de comodines y convencidos de lo poca cosa que es ser comentarista de fútbol, se les adivina a kilómetros el relax, la falta de mística y pasión, la pereza de introducirse a las profundidades históricas y tácticas del juego.
Seguro que (cuando no los asalta la soñolencia del guayabo de la laaaaaaaaaarrrga rumba del día anterior), si tuvieran que elegir entre quedarse viendo los partidos de las ligas de Inglaterra, Italia o España, o salir a comerse un helado con su consorte, no tendrían dudas: elegirían comer (el helado).
Y no es que el helado esté mal, ni más faltaba. Incluso lo recomiendo. Pero ¿es mucho pedir que se lo coman mientras aprecian un contragolpe de Rooney-Tevez-Ronaldo, un tiro libre de Totty o una gambeta de Agüero?... Cualquier comida, les aseguro, les sabrá mejor en medio de un buen partido de fútbol.
La responsabilidad de los comentaristas deportivos, más allá del simple usufructo de la pantalla y el figurín, es asumir el compromiso de generar en Colombia una dignidad y un nivel de perfección en el ejercicio del deporte. Los malos resultados deportivos, también son un juicio al periodismo.
En este punto, les hago una modesta sugerencia:
Con sólo escuchar en Fox Sports los comentarios de Diego La Torre a los partidos de la Copa Libertadores o de la Premier Ligue inglesa, estarán asistiendo a una mini-cátedra de análisis futbolístico. Y gratis.
La Torre, con un solo golpe de vista, tiene en la cabeza el comportamiento táctico de un equipo, pasando rápidamente a desvelar el grano fino de la dinámica del juego y de los comportamientos personales de los participantes; al mismo tiempo que sugiere alternativas precisas para el mejoramiento de cada equipo. Todo un maestro.
Para mí, el mejor comentarista de fútbol en varios kilómetros a la redonda. ¿Te dejarán tiempo tus negocios para escucharlo, Richi?.
Pero el folclorismo mayor de nuestros medios en materia de análisis futbolístico, es, sin duda, esa tendencia a suplantar el reposado raciocinio por dos actitudes al tiempo aberrantes y peligrosas:
La primera, es la arcaica e infantil argumentación desde los regionalismos, al modo Edgar Perea, que cuando se critica a cualquier jugador de Júnior o de la costa Caribe, sólo alcaza a decir, como buen subordinado de Guido Nule: “es que tú odias a los costeños”. Por favor.
La segunda, es el triste espectáculo de la trifulca y el mechoneo público, todo porque generan más raiting ante el incauto público colombiano los insultos entre Perea y Rentería que el abordaje sobrio de un partido.
Está bien que en el fútbol se muevan las más bajas pasiones humanas, relacionadas con la guerra y la disputa, pero, señores, tratemos de darle altura, ¡ya están muy viejos para eso¡. Piensen en Colombia, que Ustedes después son los primeros en quejarse de la matazón en que vivimos, como si no tuvieran ninguna responsabilidad en el asunto.
En el fondo de las anécdotas señaladas persiste, en realidad, el profundo minusvalor que nuestra sociedad asigna al deporte. Cenicienta permanente de los presupuestos públicos.
Mientras las grandes culturas aman en la competencia deportiva no sólo la conquista de una dignidad de nación, sino el respeto a la persona a través de su realidad orgánica más inmediata, ¿qué se puede esperar de una sociedad donde el símbolo del respeto al cuerpo es la motosierra, o el famoso “corte corbata”, una tortura más colombiana que el Pibe Valderrama?.
Arq. Pedro Gambetta
futbolvibrante@gmail.com / pedro_gambetta@yahoo.es
PD.
Es la hora en que resultan admirables, ejemplos de profesionalismo como los de Iván Mejía o Javier Hernández, que se han peleado a pulso no sólo la dignidad de periodistas deportivos sino, más exactamente, la de analistas de fútbol.
Caso aparte el de Hernán Peláez, que, whisky en mano y lejos del mundanal ruido, en su época (que pena, pero el tiempo pasa) formó desde la ‘Polémica’ radial de Caracol una red periodística a escala nacional, sin antecedentes en su momento. Un hito aún por dimensionarse en la historia del periodismo deportivo del país.
¿Porqué en el transcurso de un partido televisado, nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) comentaristas de fútbol no pueden superar la reiteración de obviedades y lugares comunes?, ¿porqué tan lejos de la capacidad de establecer un mapa claro y fundamentado de las variantes que plantea la contienda futbolística?. ¿Es muy difícil?, pues no debería.
Yo personalmente me sentí maltratado hace unos días, cuando en la transmisión del último clásico DIM-Nacional (Copa Mustang), Ricardo Henao Calderón afirmó a través de los micrófonos del Canal RCN: “…es que no hay nada que comentar…”, en protesta porque durante un largo trecho ninguno de los dos equipos llegaba con peligro al arco del otro.
La falta de criterio que en materia futbolística denota el comentario, reside en que reduce la complejidad del juego al simplismo emocional de la adrenalina del gol. Habría que recordarle al periodista (¿) que un gran partido de fútbol podría no tener goles, y viceversa, que un partido cuyo marcador final sea 8 a 5 podría ser aburridísimo y desabrido.
El problema es que para ser periodista deportivo en nuestro país (de cualquier deporte, no importa, relleno al fin y al cabo), basta ser simpático, tener un buen registro (dudoso en el caso de Henao) y algún Vélez que avale la integración al juvenil y poco exigente entorno mediático.
Una cosa, estimado amigo, es ser presentador de noticiero, buen negociante (fama de Henao), hacer chistes en ‘Fuera de Lugar’ (donde Henao se veía muy, pero muy bien), y otra muy distinta dedicarse con juicio y disciplina al tema del deporte, en especial al juego del fútbol; para, sólo entonces, tener la certeza de encarnar la capacidad y la vergüenza suficiente para asumir con franco profesionalismo el rol de periodista deportivo.
Pero no, la ligereza y el folclor con que se asume en Colombia este oficio supone que, en el caso de fútbol, se puede salir y entrar del ejercicio de comentarista sin la necesidad de estudiar permanentemente otros partidos ni enterarse de la evolución del juego en el planeta.
En efecto, más allá de las imposiciones de los medios de comunicación (que todo lo vuelven farándula y raiting), hay muchachos que no tienen ni cinco de ganas de darle estatura de oficio al periodismo deportivo.
Muy cómodos en el superfluo papel de comodines y convencidos de lo poca cosa que es ser comentarista de fútbol, se les adivina a kilómetros el relax, la falta de mística y pasión, la pereza de introducirse a las profundidades históricas y tácticas del juego.
Seguro que (cuando no los asalta la soñolencia del guayabo de la laaaaaaaaaarrrga rumba del día anterior), si tuvieran que elegir entre quedarse viendo los partidos de las ligas de Inglaterra, Italia o España, o salir a comerse un helado con su consorte, no tendrían dudas: elegirían comer (el helado).
Y no es que el helado esté mal, ni más faltaba. Incluso lo recomiendo. Pero ¿es mucho pedir que se lo coman mientras aprecian un contragolpe de Rooney-Tevez-Ronaldo, un tiro libre de Totty o una gambeta de Agüero?... Cualquier comida, les aseguro, les sabrá mejor en medio de un buen partido de fútbol.
La responsabilidad de los comentaristas deportivos, más allá del simple usufructo de la pantalla y el figurín, es asumir el compromiso de generar en Colombia una dignidad y un nivel de perfección en el ejercicio del deporte. Los malos resultados deportivos, también son un juicio al periodismo.
En este punto, les hago una modesta sugerencia:
Con sólo escuchar en Fox Sports los comentarios de Diego La Torre a los partidos de la Copa Libertadores o de la Premier Ligue inglesa, estarán asistiendo a una mini-cátedra de análisis futbolístico. Y gratis.
La Torre, con un solo golpe de vista, tiene en la cabeza el comportamiento táctico de un equipo, pasando rápidamente a desvelar el grano fino de la dinámica del juego y de los comportamientos personales de los participantes; al mismo tiempo que sugiere alternativas precisas para el mejoramiento de cada equipo. Todo un maestro.
Para mí, el mejor comentarista de fútbol en varios kilómetros a la redonda. ¿Te dejarán tiempo tus negocios para escucharlo, Richi?.
Pero el folclorismo mayor de nuestros medios en materia de análisis futbolístico, es, sin duda, esa tendencia a suplantar el reposado raciocinio por dos actitudes al tiempo aberrantes y peligrosas:
La primera, es la arcaica e infantil argumentación desde los regionalismos, al modo Edgar Perea, que cuando se critica a cualquier jugador de Júnior o de la costa Caribe, sólo alcaza a decir, como buen subordinado de Guido Nule: “es que tú odias a los costeños”. Por favor.
La segunda, es el triste espectáculo de la trifulca y el mechoneo público, todo porque generan más raiting ante el incauto público colombiano los insultos entre Perea y Rentería que el abordaje sobrio de un partido.
Está bien que en el fútbol se muevan las más bajas pasiones humanas, relacionadas con la guerra y la disputa, pero, señores, tratemos de darle altura, ¡ya están muy viejos para eso¡. Piensen en Colombia, que Ustedes después son los primeros en quejarse de la matazón en que vivimos, como si no tuvieran ninguna responsabilidad en el asunto.
En el fondo de las anécdotas señaladas persiste, en realidad, el profundo minusvalor que nuestra sociedad asigna al deporte. Cenicienta permanente de los presupuestos públicos.
Mientras las grandes culturas aman en la competencia deportiva no sólo la conquista de una dignidad de nación, sino el respeto a la persona a través de su realidad orgánica más inmediata, ¿qué se puede esperar de una sociedad donde el símbolo del respeto al cuerpo es la motosierra, o el famoso “corte corbata”, una tortura más colombiana que el Pibe Valderrama?.
Arq. Pedro Gambetta
futbolvibrante@gmail.com / pedro_gambetta@yahoo.es
PD.
Es la hora en que resultan admirables, ejemplos de profesionalismo como los de Iván Mejía o Javier Hernández, que se han peleado a pulso no sólo la dignidad de periodistas deportivos sino, más exactamente, la de analistas de fútbol.
Caso aparte el de Hernán Peláez, que, whisky en mano y lejos del mundanal ruido, en su época (que pena, pero el tiempo pasa) formó desde la ‘Polémica’ radial de Caracol una red periodística a escala nacional, sin antecedentes en su momento. Un hito aún por dimensionarse en la historia del periodismo deportivo del país.
