CÚCUTA, TESTIMONIO DE POBREZA MENTAL
Inconcebible que un equipo que una semana antes peleaba por ser el mejor de los mejores en la Copa Libertadores, torneo que reune a lo más selecto de los clubes del continente, cumpla la vergonzosa presentación del jueves contra Santos de Brasil.
Cúcuta fue, para sorpresa de todos, un equipo sin convicción, entregado, asustado. Que pena. Perder o ganar es parte de la realidad del fútbol. Carecer de dignidad es otra cosa.
Una actitud que ni la prensa, ni la afición ni las directivas del Cúcuta o de cualquier otro equipo de Colombia, pueden tolerar. Si es que queremos progresar en materia futbolística.
Un partido se gana antes de jugarlo, igual que las guerras. Y Cúcuta, al ingresar a la cancha, ya estaba derrotado. ¿Culpa del planteamiento táctico?, seguramente, pero también, y sobre todo, culpa de la ansiedad de quienes no creen en si mismos.
El problema, una vez más, es mental. Y no vamos a hacer aquí una ‘hermenéutica del susto’ en la mentalidad colombiana (no esta vez), pero si es necesario considerar seriamente, como parte de las estrategias deportivas y las estructuras orgánicas de los clubes y de las diversas selecciones nacionales de fútbol, un trabajo específico y sistemático en lo mental.
Un problema que no sólo reside en la falta de historia y de logros en nuestro fútbol, sino también en la falta de una política de cualificación de nuestro recurso humano.
Yo propondría que los futbolistas, al mismo tiempo que cultivan el cuerpo, estén obligados, como parte de sus responsabilidades contractuales, a cultivar su mente, su espíritu.
Por ahora, en nuestro país un futbolista entrena mañana y tarde, juega los fines de semana y eventualmente entre semana, y el tiempo restante, se planta frente al computador a jugar videos, carcajea y cuenta chistes con sus compañeros, y hace hijos, a la lata. Mientras, su vocabulario se reduce a unas cinco palabras, y a las famosas frases:
Inconcebible que un equipo que una semana antes peleaba por ser el mejor de los mejores en la Copa Libertadores, torneo que reune a lo más selecto de los clubes del continente, cumpla la vergonzosa presentación del jueves contra Santos de Brasil.
Cúcuta fue, para sorpresa de todos, un equipo sin convicción, entregado, asustado. Que pena. Perder o ganar es parte de la realidad del fútbol. Carecer de dignidad es otra cosa.
Una actitud que ni la prensa, ni la afición ni las directivas del Cúcuta o de cualquier otro equipo de Colombia, pueden tolerar. Si es que queremos progresar en materia futbolística.
Un partido se gana antes de jugarlo, igual que las guerras. Y Cúcuta, al ingresar a la cancha, ya estaba derrotado. ¿Culpa del planteamiento táctico?, seguramente, pero también, y sobre todo, culpa de la ansiedad de quienes no creen en si mismos.
El problema, una vez más, es mental. Y no vamos a hacer aquí una ‘hermenéutica del susto’ en la mentalidad colombiana (no esta vez), pero si es necesario considerar seriamente, como parte de las estrategias deportivas y las estructuras orgánicas de los clubes y de las diversas selecciones nacionales de fútbol, un trabajo específico y sistemático en lo mental.
Un problema que no sólo reside en la falta de historia y de logros en nuestro fútbol, sino también en la falta de una política de cualificación de nuestro recurso humano.
Yo propondría que los futbolistas, al mismo tiempo que cultivan el cuerpo, estén obligados, como parte de sus responsabilidades contractuales, a cultivar su mente, su espíritu.
Por ahora, en nuestro país un futbolista entrena mañana y tarde, juega los fines de semana y eventualmente entre semana, y el tiempo restante, se planta frente al computador a jugar videos, carcajea y cuenta chistes con sus compañeros, y hace hijos, a la lata. Mientras, su vocabulario se reduce a unas cinco palabras, y a las famosas frases:
“vamos a tratar de hacer los goles y que no nos hagan”…”por ahí nos falto un poco de suerte”…”el que no hace los goles los ve hacer”…”ustedes lo vieron, el arbitro nos manejo el partido”…“el fútbol es así, aún nos quedan puntos por disputar en casa”…
Y todo porque, en últimas, ¿quién dijo que un bufón piensa?.
Y todo porque, en últimas, ¿quién dijo que un bufón piensa?.
Hasta que a la temprana edad de 34 años ya no divierta a nadie y el hazmerreir se percate de que el dinero se le ha ido en muchachas y juerga, y no se ha leído nunca un libro en su vida. Y entonces aparecen los miles y miles de Jaime Morón que en nuestro país mueren en la miseria y el olvido.
Para evitar este triste paisaje deportivo, Coldeportes debería promocionar una política permanente de desarrollo humano del futbolista y del deportista en general, promocionándolos como símbolos colectivos de seres humanos integrales, más allá de los estímulos de coyuntura cada vez que hay Juegos Olímpicos.
Acciones institucionales que debería incluir la regulación del porcentaje de tiempo dedicado por el futbolista al juego, que no por más intensas las jornadas arrojan mejores réditos deportivos. Evalúen los clubes europeos, por ejemplo, donde esa ansiedad de la concentración permanente y la jornada mañana-tarde está mandada a recoger.
Sin un capital humano de calidad, no hay desarrollo en ningún frente, sino cosificación del ser humano. Con las consecuentes carencias mentales y debilidades de carácter. Que en el fútbol aparecen como el patético utilitarismo del futbolista. Ese es el problema de fondo.
Para evitar este triste paisaje deportivo, Coldeportes debería promocionar una política permanente de desarrollo humano del futbolista y del deportista en general, promocionándolos como símbolos colectivos de seres humanos integrales, más allá de los estímulos de coyuntura cada vez que hay Juegos Olímpicos.
Acciones institucionales que debería incluir la regulación del porcentaje de tiempo dedicado por el futbolista al juego, que no por más intensas las jornadas arrojan mejores réditos deportivos. Evalúen los clubes europeos, por ejemplo, donde esa ansiedad de la concentración permanente y la jornada mañana-tarde está mandada a recoger.
Sin un capital humano de calidad, no hay desarrollo en ningún frente, sino cosificación del ser humano. Con las consecuentes carencias mentales y debilidades de carácter. Que en el fútbol aparecen como el patético utilitarismo del futbolista. Ese es el problema de fondo.

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