DOS GIOVANYS Y UN MOSQUERA
Al muchacho Giovany Moreno de Envigado, tan promocionado ultimamente, y que Santiago Escobar descartó en su momento como jugador de Atlético Nacional, hay que darle tiempo y, sobre todo, saberlo ubicar.
No estoy seguro de que el número 10 sea el suyo. No sólo porque su biotipo no coincide con el puesto (criterio que no es un capricho, sino el resultado de años de juiciosos estudios tácticos y atléticos), sino porque se le nota incomodo en la función de armador. No siempre el puesto que más le gusta a un jugador es el apropiado para sus condiciones.
En el desarrollo del partido, su potencia para repentizar y buena larga distancia son innegables. Sin embargo se desconcentra, se desconecta del partido (de pronto por la edad) y, adicionalmente, tiende a tirarse muy atrás, tropezando con el volante de marca.
Yo personalmente lo veo más de centro delantero. Muy parecido a Peter Crouch, el flaco de Inglaterra y el Liverpool, pero con una capacidad adicional, la de tirarse atrás y salir jugando, virtud que el ingles no tiene.
Otra cosa es Giovanni Hernández. Mucho taquito, mucho pelo recogido, pero “de aquello nada”. Podrá descrestar en otros países, pero aquí no.
El que sí es una revelación y a mi modo de ver una alternativa seria para la Selección Colombia, es Luis Fernando Mosquera. Un jugador con una técnica exquisita, visión amplia del campo, cambio de ritmo y sentido del pase al vacío.
Pero claro, tiene a Leider Preciado, que es contundente y juega sin pelota, haciendo diagonales y arrastrando marca. Un socio que en la Selección no tendría, y que incluso a Macnelly Torres aún le hace falta.
Al muchacho Giovany Moreno de Envigado, tan promocionado ultimamente, y que Santiago Escobar descartó en su momento como jugador de Atlético Nacional, hay que darle tiempo y, sobre todo, saberlo ubicar.
No estoy seguro de que el número 10 sea el suyo. No sólo porque su biotipo no coincide con el puesto (criterio que no es un capricho, sino el resultado de años de juiciosos estudios tácticos y atléticos), sino porque se le nota incomodo en la función de armador. No siempre el puesto que más le gusta a un jugador es el apropiado para sus condiciones.
En el desarrollo del partido, su potencia para repentizar y buena larga distancia son innegables. Sin embargo se desconcentra, se desconecta del partido (de pronto por la edad) y, adicionalmente, tiende a tirarse muy atrás, tropezando con el volante de marca.
Yo personalmente lo veo más de centro delantero. Muy parecido a Peter Crouch, el flaco de Inglaterra y el Liverpool, pero con una capacidad adicional, la de tirarse atrás y salir jugando, virtud que el ingles no tiene.
Otra cosa es Giovanni Hernández. Mucho taquito, mucho pelo recogido, pero “de aquello nada”. Podrá descrestar en otros países, pero aquí no.
El que sí es una revelación y a mi modo de ver una alternativa seria para la Selección Colombia, es Luis Fernando Mosquera. Un jugador con una técnica exquisita, visión amplia del campo, cambio de ritmo y sentido del pase al vacío.
Pero claro, tiene a Leider Preciado, que es contundente y juega sin pelota, haciendo diagonales y arrastrando marca. Un socio que en la Selección no tendría, y que incluso a Macnelly Torres aún le hace falta.
Arq. Pedro Gambetta pedro_gambetta@yahoo.es
COLOFON.
Nuestros narradores de fútbol deberían ser más respetuosos con la audiencia. Responsabilizan injustamente, por buenas o malas jugadas, a los jugadores equivocados. Y se hace los locos.
Les recomiendo dos ejercicios: el primero, estudiar el juego y a sus protagonistas.
Ser narrador de fútbol es más que tener buena voz y hacer chistes, pues implica tanto una responsabilidad con el oficio de comunicador, como la obligación de construir una tradición seria de periodistas deportivos en nuestro país, donde el fútbol ha sido manejado con ligereza y folclor.
El segundo: cuando nombren al jugador equivocado, corrijan y pidan disculpas, como hace los narradores argentinos. Y no es un aspecto anecdótico del juego, es un asunto ético: ser veraz cuando uno habla de la gente.
El segundo: cuando nombren al jugador equivocado, corrijan y pidan disculpas, como hace los narradores argentinos. Y no es un aspecto anecdótico del juego, es un asunto ético: ser veraz cuando uno habla de la gente.

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