RONALDITO Y LA RUMBA /
RECOMENDACIONES DE PELÁEZ PARA VÉLEZ Y PINTO
Cristiano Ronaldo es un jugador genial, un mediterráneo simpático, experto en amagues, figuritas, bailes de contorsión y hasta en el melancólico Fado portugués. Ronaldito, como lo apodan en Fox para diferenciarlo del Ronaldinho brasileño, es un jovencito en plena efervescencia hormonal, muy cuco o chusco, como dicen en Bogotá (tanto, que los gay ya lo han elegido como el jugador más lindo del mundo del fútbol); y, para colmo, con todo el dinero del mundo.
Es decir, Ronaldito cumple con todas las maldiciones para merecerse el infierno: dicen que estar en el infierno no es carecer de todo, sino tenerlo todo, porque la opulencia relaja, nos vuelve indolentes, atrae los vicios y las malas compañías.
Deberíamos compadecer al muchacho. Pero resistamos por el momento la tentación compasiva, para detenernos en la actitud acusadora de varios medios de comunicación, cuyos paparazzi encontraron recientemente a Ronaldito en Barcelona con sus compañeros del Manchester, también menores de edad, encerrados en la alcoba del hotel con unas señoras en bola y no tan menores de edad, que gustosas decidieron acceder a la billetera de los infantes rojos, para gozar de una larga, larguísima, noche de ‘marcha’ catalana.
En primer lugar habría que exigirle a los clubes de fútbol de hoy una dotación de guardería en sus instalaciones, o, como mínimo, un departamento de orientación sexual y profesional, ojala dirigido por un hombre, heterosexual.
En segundo lugar, ¿porqué no dejan vivir plenamente al muchacho su pubertad, de la misma forma que la viven todos los jóvenes del mundo, para que no tengan que retornar después, a los 40 años, a hacer las locuras que no pudieron hacer a sus 17, o de pronto, no lo permita Dios, queden como cualquier Carlos Antonio Vélez, hablando florituras?; o peor, como el técnico Jorge Luís Pinto, persiguiendo a los jugadores con un rejo en la mano para que le obedezcan. Porque, aunque no lo parezca, quizá porque los polos idénticos se repelen, ¡son tan parecidos esos dos!, parecen hermanitos.
Yo soy más de la onda de Hernán Peláez, el hombre del Whisky, que más allá del bien y del mal y en ejercicio pleno de una otoñal sabiduría, hace rato entendió que el aprecio por la vida reside en sus placeres más simples y tranquilos. Un buen ejemplo de infancia feliz.
Cristiano Ronaldo es un jugador genial, un mediterráneo simpático, experto en amagues, figuritas, bailes de contorsión y hasta en el melancólico Fado portugués. Ronaldito, como lo apodan en Fox para diferenciarlo del Ronaldinho brasileño, es un jovencito en plena efervescencia hormonal, muy cuco o chusco, como dicen en Bogotá (tanto, que los gay ya lo han elegido como el jugador más lindo del mundo del fútbol); y, para colmo, con todo el dinero del mundo.
Es decir, Ronaldito cumple con todas las maldiciones para merecerse el infierno: dicen que estar en el infierno no es carecer de todo, sino tenerlo todo, porque la opulencia relaja, nos vuelve indolentes, atrae los vicios y las malas compañías.
Deberíamos compadecer al muchacho. Pero resistamos por el momento la tentación compasiva, para detenernos en la actitud acusadora de varios medios de comunicación, cuyos paparazzi encontraron recientemente a Ronaldito en Barcelona con sus compañeros del Manchester, también menores de edad, encerrados en la alcoba del hotel con unas señoras en bola y no tan menores de edad, que gustosas decidieron acceder a la billetera de los infantes rojos, para gozar de una larga, larguísima, noche de ‘marcha’ catalana.
En primer lugar habría que exigirle a los clubes de fútbol de hoy una dotación de guardería en sus instalaciones, o, como mínimo, un departamento de orientación sexual y profesional, ojala dirigido por un hombre, heterosexual.
En segundo lugar, ¿porqué no dejan vivir plenamente al muchacho su pubertad, de la misma forma que la viven todos los jóvenes del mundo, para que no tengan que retornar después, a los 40 años, a hacer las locuras que no pudieron hacer a sus 17, o de pronto, no lo permita Dios, queden como cualquier Carlos Antonio Vélez, hablando florituras?; o peor, como el técnico Jorge Luís Pinto, persiguiendo a los jugadores con un rejo en la mano para que le obedezcan. Porque, aunque no lo parezca, quizá porque los polos idénticos se repelen, ¡son tan parecidos esos dos!, parecen hermanitos.
Yo soy más de la onda de Hernán Peláez, el hombre del Whisky, que más allá del bien y del mal y en ejercicio pleno de una otoñal sabiduría, hace rato entendió que el aprecio por la vida reside en sus placeres más simples y tranquilos. Un buen ejemplo de infancia feliz.
Pedro Gambetta pedro_gambetta@yahoo.es
Bogotá D.C., Colombia, octubre 4 de 2007.
