ACUERDO HUMANITARIO EN EL FUTBOL
La tan requerida humanización de nuestro conflicto armado, no es una actividad aislada de otras actividades de la vida social colombiana, como el fútbol.
El fútbol en Colombia es un escenario de oportunismos: todo el mundo a hacer su platica, aprovechando su cuarto de hora. Árbitros oportunistas, empresarios oportunistas, dirigentes y directivos oportunistas...
En un escenario deportivo de alta movilidad, donde la vida útil de técnicos y jugadores es muy corta, el arraigo, la memoria, queda en manos de los aficionados y el periodismo. Y el dinero entre las mismas familias empresariales y mafiosas (con honrosas excepciones, pocas).
EL JUGADOR
Profesionalizar al jugador significa que su ingreso al fútbol, debe ser el ingreso a un proceso de calificación humana, y no lo contrario, es decir, un proceso de degradación humana, fundado en la valoración del fútbol como una oportunidad de sobrevivencia.
El jugador, un muchacho con segundo de primaria, alucinado con las luminarias y los vítores, salta de las barriadas de periferia a ganarse varios millones, convertido en la admiración de los estadios.
Al cumplir su carrera (¿carrera?) con un promedio de 34 años, está en la mitad de su vida, sin formación, acostumbrado al dinero y la fama, y con un futuro de depresión y desempleo. Acuérdense de Morón, de Pignarelli, y otros varios miles y miles de jugadores.
Para profesionalizar al jugador, se necesita que el gran negocio (el mejor negocio del mundo) juegue a su favor, a partir de una política pública que obligue a los clubes a ejercer el respeto y fomento de la dimensión humana del generador del espectáculo: el jugador.
Habría que lograr, entre otras cosas, que todo jugador, antes de pisar un terreno de juego, haya terminado su bachillerato. Que las obligaciones atléticas y deportivas, se equiparen y no superen las obligaciones y la dedicación del jugador para su desarrollo humano. Que si bien mientras tenga los compromisos de deportista no podrá asumir los compromisos de una carrera profesional regular, el proceso como jugador sí lo habilite para completar y/o iniciar una formación superior al término de su carrera como futbolista.
EL TÉCNICO
Los técnicos de fútbol viven una situación quizá peor que la del jugador.
Dependen de contratos cortos, atados a resultados, nunca a proyectos de mediano plazo, mucho menos de largo plazo.
Una lectura coyunturalista apoyada por el periodismo deportivo, que en su mayoría también carece de criterios para leer en profundidad un proyecto futbolístico. Se necesitan periodistas especializados en el fútbol, estudiosos del juego. La profesionalización del periodista, es también un aporte a la humanización del juego.
El técnico termina atrapado entre la melancolía y tendencia laxa del jugador, y el irrespeto de los dirigentes, que cree que poner la plata les da permiso para manosear e irrespetar el trabajo de la gente que quiere hacer bien las cosas. Típica cultura mafiosa colombiana.
En Colombia a un técnico se le debe demandar, además de resultados, el diseño de un proyecto que conecte con el espíritu del club. Los resultados tarde o temprano llegaran.
Como el Arsenal de Arsene Venger, comprometido con un proyecto futbolístico de respeto a la pelota, que ha tardado tres temporadas en cuajar, pero al final da frutos. A otra escala, es muy valiosa la apuesta de varias temporadas que recientemente hizo el Quindío con Umaña.
Mientras Santiago Escobar y Jorge Luís Bernal intentan encontrar la dignidad perdida del técnico de fútbol nacional, Coldeportes (no las Federaciones, que hacen parte de la guachafita mafiosa) debe pensar en una política pública de humanización del fútbol y del deporte colombiano en general.
COLOFÓN
La falta de consideración por la persona humana y la afición por las coyunturas sin espesor histórico, son males de nuestra cultura: ese “sálvese quien pueda”, ese frágil eterno presente, no nos deja empinar sobre una memoria sólida para poder ver futuro.
Nos queda mucho por hacer, pero se puede. Feliz navidad.
La tan requerida humanización de nuestro conflicto armado, no es una actividad aislada de otras actividades de la vida social colombiana, como el fútbol.
El fútbol en Colombia es un escenario de oportunismos: todo el mundo a hacer su platica, aprovechando su cuarto de hora. Árbitros oportunistas, empresarios oportunistas, dirigentes y directivos oportunistas...
En un escenario deportivo de alta movilidad, donde la vida útil de técnicos y jugadores es muy corta, el arraigo, la memoria, queda en manos de los aficionados y el periodismo. Y el dinero entre las mismas familias empresariales y mafiosas (con honrosas excepciones, pocas).
EL JUGADOR
Profesionalizar al jugador significa que su ingreso al fútbol, debe ser el ingreso a un proceso de calificación humana, y no lo contrario, es decir, un proceso de degradación humana, fundado en la valoración del fútbol como una oportunidad de sobrevivencia.
El jugador, un muchacho con segundo de primaria, alucinado con las luminarias y los vítores, salta de las barriadas de periferia a ganarse varios millones, convertido en la admiración de los estadios.
Al cumplir su carrera (¿carrera?) con un promedio de 34 años, está en la mitad de su vida, sin formación, acostumbrado al dinero y la fama, y con un futuro de depresión y desempleo. Acuérdense de Morón, de Pignarelli, y otros varios miles y miles de jugadores.
Para profesionalizar al jugador, se necesita que el gran negocio (el mejor negocio del mundo) juegue a su favor, a partir de una política pública que obligue a los clubes a ejercer el respeto y fomento de la dimensión humana del generador del espectáculo: el jugador.
Habría que lograr, entre otras cosas, que todo jugador, antes de pisar un terreno de juego, haya terminado su bachillerato. Que las obligaciones atléticas y deportivas, se equiparen y no superen las obligaciones y la dedicación del jugador para su desarrollo humano. Que si bien mientras tenga los compromisos de deportista no podrá asumir los compromisos de una carrera profesional regular, el proceso como jugador sí lo habilite para completar y/o iniciar una formación superior al término de su carrera como futbolista.
EL TÉCNICO
Los técnicos de fútbol viven una situación quizá peor que la del jugador.
Dependen de contratos cortos, atados a resultados, nunca a proyectos de mediano plazo, mucho menos de largo plazo.
Una lectura coyunturalista apoyada por el periodismo deportivo, que en su mayoría también carece de criterios para leer en profundidad un proyecto futbolístico. Se necesitan periodistas especializados en el fútbol, estudiosos del juego. La profesionalización del periodista, es también un aporte a la humanización del juego.
El técnico termina atrapado entre la melancolía y tendencia laxa del jugador, y el irrespeto de los dirigentes, que cree que poner la plata les da permiso para manosear e irrespetar el trabajo de la gente que quiere hacer bien las cosas. Típica cultura mafiosa colombiana.
En Colombia a un técnico se le debe demandar, además de resultados, el diseño de un proyecto que conecte con el espíritu del club. Los resultados tarde o temprano llegaran.
Como el Arsenal de Arsene Venger, comprometido con un proyecto futbolístico de respeto a la pelota, que ha tardado tres temporadas en cuajar, pero al final da frutos. A otra escala, es muy valiosa la apuesta de varias temporadas que recientemente hizo el Quindío con Umaña.
Mientras Santiago Escobar y Jorge Luís Bernal intentan encontrar la dignidad perdida del técnico de fútbol nacional, Coldeportes (no las Federaciones, que hacen parte de la guachafita mafiosa) debe pensar en una política pública de humanización del fútbol y del deporte colombiano en general.
COLOFÓN
La falta de consideración por la persona humana y la afición por las coyunturas sin espesor histórico, son males de nuestra cultura: ese “sálvese quien pueda”, ese frágil eterno presente, no nos deja empinar sobre una memoria sólida para poder ver futuro.
Nos queda mucho por hacer, pero se puede. Feliz navidad.
Arq. Pedro Gambetta pedro_gambetta@yahoo.es

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