ORGASMO Y GOL
¿Qué es orgasmo sino un estallido de las mismas eufóricas fuerzas libidinosas que se desatan en un gol?.
Lo mismo que un orgasmo, un gol tiene sus gradaciones, dependiendo de la importancia del torneo, de los clubes o Selecciones que se enfrentan, del minuto en que se anota el gol, del gesto técnico que lo antecede, del afecto que tengamos al fútbol y al equipo.
Pero no importa si usted no entiende mucho del juego. Incluso mejor, porque así goza más. No por otra razón las estadísticas señalan que a menos educación y conocimiento, mayor capacidad de explosión orgásmica. Al contrario de los atormentados intelectuales que, preciso antes o en medio del agite, es decir, de un penalti o un desborde por la banda, de un mano a mano con el arquero, se les da por preguntar si Dios existe.
Así que sospeche cuando le asistan repetidamente esos súbitos calores genitales. Entiéndalo como una alarma que le indica el momento justo para actualizarse, tomar un curso de cocina o de física cuántica, según su gusto, o simplemente iniciar la lectura de un buen libro. Evitando, eso si, los relajante libros de Paulo Cohelo, que para el efecto resultan una contraindicación. O puede ser usted más arriesgado e imaginativo, tomando la llegada del calor como un aviso contrario, es decir, la oportunidad para aumentar y cualificar su furia amatoria. Caso en el cual deberá abandonar por completo su compulsión por la lectura, incluso podría hacer un ritual para quemar sus diplomas y deshacerse de toda la basura intelectual acumulada en sus solitarias noches de autoplacer.
Establezcamos en este punto algunas semejanzas. Si el gol se realiza en la final de un Mundial de Fútbol, transitando el minuto 92, con una vaselina de media cancha o de rabona al borde del área, y un minuto después se acaba el partido y somos campeones, eso es lo que podría llamarse un orgasmo profuso, multitudinario e irrepetible. Y hasta eterno, porque una experiencia así desata un aroma lujurioso capaz de atravesar varias generaciones. Imagínense, si recordando el gol de Freddy Rincón en el mundial de Italia-90, un simple empate de primera ronda con Alemania, después de 17 años a 40 millones de colombianos todavía nos tiemblan las piernas…¿ah?.
Ese gol partió la historia del país en dos. Hubo, literalmente, un parto: una nueva Colombia abrió los ojos aquella tarde gloriosa, para bien o para mal. Mas para mal, parece. Pero ya sea por inseminación artificial, de padre desconocido o producto de un abuso, no importa, igual gozamos intensamente la llegada de aquella criatura radiante.
La copula mueve el universo, representa la base de su intercambio energético, el fundamento de la matriz de la vida. Sin embargo la realidad biológica, ampliamente entendida, incluye las emociones y la espiritualidad. Porque no somos sujetos con cuerpo, como nos enseñan cierta religiosidad pecaminosa, si no que somos cuerpo.
Así lo consideró, hace más de cincuenta años, el médico austriaco Wilhelm Reich, que propuso explicar la realidad social a través de una teoría que llamó ‘economía sexual’, donde reemplaza las tradicionales disquisiciones éticas y morales, por la permanente lascividad que nos asedia. Lo que decía W. Reich, palabras más palabras menos, es que estar vivos y en sociedad no es más que la experiencia de un grandioso polvo cósmico. Y no exactamente el polvo de estrellas que nos aseguró Carl Sagan, en su fábula del origen galáctico de los seres humanos. No señor, nada poético ni lunar hay en nuestra ascendencia, sólo puro y sucio sexo.
Y no tomen a mal mis palabras, recuerden a Woody Allen, que a la pregunta ¿cree usted que el sexo es sucio?, respondió: “cuando es buen sexo, si”.
Hecha la incomoda aclaración, paso a contarles que W. Reich llamó orgón a su experimento, prediciendo que la felicidad de la humanidad residía, sencillamente, en la adquisición de una buena técnica para saber mover las caderas. Como era de esperarse, los evangélicos gringos lo enviaron, inmediatamente y con el correspondiente juicio público, a un manicomio, temerosos de que la corrosiva idea anticipara algún imperio del mal.
Lo que está pasando en los estadios de fútbol, repletos de vociferantes gargantas, entre las banderas que se agitan en un ritmo común, invadidas las graderías por las sordas explosiones pirotécnicas y la nube de confeti y de cintas de papel que abren el espectáculo, es exactamente la misma efervescencia que asiste a dos (o más) adultos trenzados en un cama, en cualquier idioma y lugar del mundo.
¿O es que a ustedes una damisela enardecida no les ha susurrado (aunque la mayoría prefiere aruñarlo) en pleno ñaca-ñaca un “¡ dale, Pedro, dale ! ”, no muy distinto al sentido inmoral y obsceno del “¡ dale, Boca, dale ! ” ?.
Los jugadores de fútbol no están jugando. No seamos ingenuos. Los 22 sujetos, entre el sudor, el empujón, la zancadilla en la tibia, la patada aleve en la cadera, el escupitajo, el codazo en la cara, el permanente sobrenombre de ‘ramera’ para sus respectivas madres, están en una tremenda y pública orgía. Con el beneplácito y la participación activa de todos nosotros, fijos y desorbitados nuestros ojos en la pantalla, picando compulsivamente las palomitas de maíz, firme la cerveza entre las manos, la pelota que pega en el palo, tensos los músculos y a punto de perder los dientes, la injusta tarjeta roja, hasta el memorable éxtasis y la seguida liberación, la descarga del anhelado ¡ gooooooollll-hijueputa, gooooooollll !. Y entonces el suave relax, el brillo en los ojos, la embriagues de los calidos abrazos colectivos, la dulce victoria en los labios distendidos, y las ganas de besar a esa mujer, que de otra forma no podrías tener entre tus brazos, y que lastimosamente es la novia de tu mejor amigo, también hincha del equipo amado, que de pie a tu lado y entre el rumor de victoria, se resiste a caer en la confusión emotiva, y te vigila, sospechando del apretón, porque hace meses sabe que quieres fagocitarte a su chiquita. Pero ya veremos, falta el segundo tiempo, y lo más probable es que ganemos por goleada…
¿Porqué creen ustedes que las estadísticas señalan que justo antes, después o durante un partido de fútbol, se elaboran los mejores polvos del planeta?. Un Mundial de fútbol no es más que el descarado pacto cuatrianual que la humanidad entera hace, para tirar deliciosa e irresponsablemente durante el mes más largo de nuestras vidas. Un abuso del organismo que ejercemos al mismo tiempo y sin importar los cambios de horario. Por lo cual los Mundiales de fútbol son hoy considerados como un importante escenario experimental, fundamental para la renovación de las rutinas amatorias, pues aportan horas absurdas, lugares inverosímiles y posiciones inauditas. Como la deliciosa “Mano de Dios”, la sadomasoquista “Zidane-Materazzi”, o que tal la estrafalaria “Tetra Brasileño”. Y si no conocen esas piruetas comiencen a indagar solitos, porque no seré yo a quién acusen de corromperlos, por darles aquí detalles de semejantes porquerías.
¿Pretenden ustedes que los Mundiales de fútbol no tengan nada que ver con las grandes oleadas de nacimientos humanos, que curiosamente coinciden con periodos de cuatro años?.
Ensayen un análisis retrospectivo de las fechas en que ustedes nacieron y comprobarán que, en un 80% de posibilidades, nuestra venida al mundo coincide con un periodo de 9 meses después de la realización de un Mundial de fútbol; incluyendo periodos de 7 meses, pues quiere decir que fue fructífero el premundial, muchas veces más ardoroso que el durante. Pregúntenle a sus respectivos padres acerca del momento en que los engendraron y confirmaran, con seguridad (mucho ojo a la risita cómplice), que fue una experiencia futbolística inolvidable.
Si por el contrario su nacimiento pertenece al 20% restante, no coinciden con esa ecuación y por tanto, para bien o para mal, usted es el producto de un polvito menor, un espasmo aislado, un accidente, carente de la exuberancia que tienen los polvos mundialistas.
En este último porcentaje, se incluye la posibilidad de que la afición de sus padres por un club supere la normal pasión que sentimos todos por la Selección nacional de fútbol. Caso en el cual habría que entrar a evaluar su venida al mundo en relación con los torneos continentales de clubes, como la Copa Libertadores de América o la Champions League. Si el equipo es de mitad de tabla para abajo, y por tanto nunca ha representado al país en un torneo internacional, desconociendo el césped de gloriosos estadios como el Morumbí, la Bombonera, el Atahualpa, Defensores del Chaco, el Santiago Bernabeu, Wembley, el Giuseppe Meazza, y tantos otros, deberá remitirse entonces a la Copa del torneo interno nacional, donde usted sólo tiene dos opciones: debe su existencia al certamen de Apertura o al Finalización. Una situación lamentable, que sin duda ha marcado su destino.
Lo mismo que un orgasmo, un gol tiene sus gradaciones, dependiendo de la importancia del torneo, de los clubes o Selecciones que se enfrentan, del minuto en que se anota el gol, del gesto técnico que lo antecede, del afecto que tengamos al fútbol y al equipo.
Pero no importa si usted no entiende mucho del juego. Incluso mejor, porque así goza más. No por otra razón las estadísticas señalan que a menos educación y conocimiento, mayor capacidad de explosión orgásmica. Al contrario de los atormentados intelectuales que, preciso antes o en medio del agite, es decir, de un penalti o un desborde por la banda, de un mano a mano con el arquero, se les da por preguntar si Dios existe.
Así que sospeche cuando le asistan repetidamente esos súbitos calores genitales. Entiéndalo como una alarma que le indica el momento justo para actualizarse, tomar un curso de cocina o de física cuántica, según su gusto, o simplemente iniciar la lectura de un buen libro. Evitando, eso si, los relajante libros de Paulo Cohelo, que para el efecto resultan una contraindicación. O puede ser usted más arriesgado e imaginativo, tomando la llegada del calor como un aviso contrario, es decir, la oportunidad para aumentar y cualificar su furia amatoria. Caso en el cual deberá abandonar por completo su compulsión por la lectura, incluso podría hacer un ritual para quemar sus diplomas y deshacerse de toda la basura intelectual acumulada en sus solitarias noches de autoplacer.
Establezcamos en este punto algunas semejanzas. Si el gol se realiza en la final de un Mundial de Fútbol, transitando el minuto 92, con una vaselina de media cancha o de rabona al borde del área, y un minuto después se acaba el partido y somos campeones, eso es lo que podría llamarse un orgasmo profuso, multitudinario e irrepetible. Y hasta eterno, porque una experiencia así desata un aroma lujurioso capaz de atravesar varias generaciones. Imagínense, si recordando el gol de Freddy Rincón en el mundial de Italia-90, un simple empate de primera ronda con Alemania, después de 17 años a 40 millones de colombianos todavía nos tiemblan las piernas…¿ah?.
Ese gol partió la historia del país en dos. Hubo, literalmente, un parto: una nueva Colombia abrió los ojos aquella tarde gloriosa, para bien o para mal. Mas para mal, parece. Pero ya sea por inseminación artificial, de padre desconocido o producto de un abuso, no importa, igual gozamos intensamente la llegada de aquella criatura radiante.
La copula mueve el universo, representa la base de su intercambio energético, el fundamento de la matriz de la vida. Sin embargo la realidad biológica, ampliamente entendida, incluye las emociones y la espiritualidad. Porque no somos sujetos con cuerpo, como nos enseñan cierta religiosidad pecaminosa, si no que somos cuerpo.
Así lo consideró, hace más de cincuenta años, el médico austriaco Wilhelm Reich, que propuso explicar la realidad social a través de una teoría que llamó ‘economía sexual’, donde reemplaza las tradicionales disquisiciones éticas y morales, por la permanente lascividad que nos asedia. Lo que decía W. Reich, palabras más palabras menos, es que estar vivos y en sociedad no es más que la experiencia de un grandioso polvo cósmico. Y no exactamente el polvo de estrellas que nos aseguró Carl Sagan, en su fábula del origen galáctico de los seres humanos. No señor, nada poético ni lunar hay en nuestra ascendencia, sólo puro y sucio sexo.
Y no tomen a mal mis palabras, recuerden a Woody Allen, que a la pregunta ¿cree usted que el sexo es sucio?, respondió: “cuando es buen sexo, si”.
Hecha la incomoda aclaración, paso a contarles que W. Reich llamó orgón a su experimento, prediciendo que la felicidad de la humanidad residía, sencillamente, en la adquisición de una buena técnica para saber mover las caderas. Como era de esperarse, los evangélicos gringos lo enviaron, inmediatamente y con el correspondiente juicio público, a un manicomio, temerosos de que la corrosiva idea anticipara algún imperio del mal.
Lo que está pasando en los estadios de fútbol, repletos de vociferantes gargantas, entre las banderas que se agitan en un ritmo común, invadidas las graderías por las sordas explosiones pirotécnicas y la nube de confeti y de cintas de papel que abren el espectáculo, es exactamente la misma efervescencia que asiste a dos (o más) adultos trenzados en un cama, en cualquier idioma y lugar del mundo.
¿O es que a ustedes una damisela enardecida no les ha susurrado (aunque la mayoría prefiere aruñarlo) en pleno ñaca-ñaca un “¡ dale, Pedro, dale ! ”, no muy distinto al sentido inmoral y obsceno del “¡ dale, Boca, dale ! ” ?.
Los jugadores de fútbol no están jugando. No seamos ingenuos. Los 22 sujetos, entre el sudor, el empujón, la zancadilla en la tibia, la patada aleve en la cadera, el escupitajo, el codazo en la cara, el permanente sobrenombre de ‘ramera’ para sus respectivas madres, están en una tremenda y pública orgía. Con el beneplácito y la participación activa de todos nosotros, fijos y desorbitados nuestros ojos en la pantalla, picando compulsivamente las palomitas de maíz, firme la cerveza entre las manos, la pelota que pega en el palo, tensos los músculos y a punto de perder los dientes, la injusta tarjeta roja, hasta el memorable éxtasis y la seguida liberación, la descarga del anhelado ¡ gooooooollll-hijueputa, gooooooollll !. Y entonces el suave relax, el brillo en los ojos, la embriagues de los calidos abrazos colectivos, la dulce victoria en los labios distendidos, y las ganas de besar a esa mujer, que de otra forma no podrías tener entre tus brazos, y que lastimosamente es la novia de tu mejor amigo, también hincha del equipo amado, que de pie a tu lado y entre el rumor de victoria, se resiste a caer en la confusión emotiva, y te vigila, sospechando del apretón, porque hace meses sabe que quieres fagocitarte a su chiquita. Pero ya veremos, falta el segundo tiempo, y lo más probable es que ganemos por goleada…
¿Porqué creen ustedes que las estadísticas señalan que justo antes, después o durante un partido de fútbol, se elaboran los mejores polvos del planeta?. Un Mundial de fútbol no es más que el descarado pacto cuatrianual que la humanidad entera hace, para tirar deliciosa e irresponsablemente durante el mes más largo de nuestras vidas. Un abuso del organismo que ejercemos al mismo tiempo y sin importar los cambios de horario. Por lo cual los Mundiales de fútbol son hoy considerados como un importante escenario experimental, fundamental para la renovación de las rutinas amatorias, pues aportan horas absurdas, lugares inverosímiles y posiciones inauditas. Como la deliciosa “Mano de Dios”, la sadomasoquista “Zidane-Materazzi”, o que tal la estrafalaria “Tetra Brasileño”. Y si no conocen esas piruetas comiencen a indagar solitos, porque no seré yo a quién acusen de corromperlos, por darles aquí detalles de semejantes porquerías.
¿Pretenden ustedes que los Mundiales de fútbol no tengan nada que ver con las grandes oleadas de nacimientos humanos, que curiosamente coinciden con periodos de cuatro años?.
Ensayen un análisis retrospectivo de las fechas en que ustedes nacieron y comprobarán que, en un 80% de posibilidades, nuestra venida al mundo coincide con un periodo de 9 meses después de la realización de un Mundial de fútbol; incluyendo periodos de 7 meses, pues quiere decir que fue fructífero el premundial, muchas veces más ardoroso que el durante. Pregúntenle a sus respectivos padres acerca del momento en que los engendraron y confirmaran, con seguridad (mucho ojo a la risita cómplice), que fue una experiencia futbolística inolvidable.
Si por el contrario su nacimiento pertenece al 20% restante, no coinciden con esa ecuación y por tanto, para bien o para mal, usted es el producto de un polvito menor, un espasmo aislado, un accidente, carente de la exuberancia que tienen los polvos mundialistas.
En este último porcentaje, se incluye la posibilidad de que la afición de sus padres por un club supere la normal pasión que sentimos todos por la Selección nacional de fútbol. Caso en el cual habría que entrar a evaluar su venida al mundo en relación con los torneos continentales de clubes, como la Copa Libertadores de América o la Champions League. Si el equipo es de mitad de tabla para abajo, y por tanto nunca ha representado al país en un torneo internacional, desconociendo el césped de gloriosos estadios como el Morumbí, la Bombonera, el Atahualpa, Defensores del Chaco, el Santiago Bernabeu, Wembley, el Giuseppe Meazza, y tantos otros, deberá remitirse entonces a la Copa del torneo interno nacional, donde usted sólo tiene dos opciones: debe su existencia al certamen de Apertura o al Finalización. Una situación lamentable, que sin duda ha marcado su destino.
Porque, por más empeño que le pongamos al asunto, alguna diferencia debe haber entre la fortuna de una persona concebida en el transcurso de una Copa del mundo, y otra procreada en un partido Júnior-Tolima, Chacarita-Quilmes o Burgos-Levante. Y dejo abierta en este punto, respetuosamente, la posibilidad de que usted ejerza la legitima defensa de su genética futbolística…
En el caso extremísimo de que de sus padres tengan un desvelo insuperable por un club de barrio o de segunda división, con todo lo loable y valiente que esto pueda ser, ahí si ‘tenemos un problema, Houston’.
Yo diría que sólo Menotti o Valdano, reconocidos psicoanalistas del fútbol, podrían ofrecer alguna explicación alentadora al producto de semejantes polvos de peladero, de bola de trapo rompe-ventanas, de arbitro con bluyin, de tres autogoles por partido, de portero trasnochado y borracho, que cuando saca con la mano le dan nauseas, y vomita, de novias y familiares contrincantes lanzándose insultos desde lados opuestos de la cancha, de fumar varios Pielrojas en el entretiempo, o alguna ‘chicharra’ escondida en el bolsillo, de acusar al ¡arbitro vendido!, señalándolo con el hueso de pollo en la mano…
Cualquier otra opción orgásmicas menor, no incluida en nuestro listado, pertenece al ámbito lúgubre de Carlos Antonio Vélez. Pero aún siendo victima de este último, atroz incidente, no tema. De cualquier forma su vida, aunque usted se resista, no podría ser ajena a los influjos impúdicos de un gol, ese alarido culmen y redentor al que debemos nuestros cortos días sobre el prodigioso estadio del planeta tierra.
Arq. Pedro Gambetta
Bogotá D.C, Colombia, octubre 10 de 2007.

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