miércoles 10 de octubre de 2007

El_Globito / Columna

BRASIL TIENE UN PROBLEMA, NOSOTROS NO /
LECCIONES DE GUERRA.

El pensamiento occidental se resiste a los ritmos, a los retrocesos y las fluctuaciones. Se le dificulta explicar la realidad a través del cambio y la mutación, pues su mentalidad está influida por el hallazgo de un lugar definitivo, salvador, quieto, llamado Paraíso, donde no hay muerte, ni vida.

Por esa promesa antigua, occidente ha buscado en El Dorado, en la Jerusalén Celeste, como en tantos otros lugares escondidos, el brillo de ese oro inmaculado. Hasta la actual cultura del “desarrollo”, un impulso incontenible hacia delante que no es más que el efecto de esa costumbre de caminar sin retorno hacia el Paraíso primordial.

Así se inauguró nuestra actual imagen del tiempo, que es una línea recta, mientras para otras culturas es un circuito circular. Occidente no entiende el comportamiento redondo de la realidad, sus matices, sus reintegros.

Nótese como la Cabala judía, por ejemplo, considera que, desconocedores de nuestro poder de restituir la intimidad con Dios, ya estamos en el Paraíso y no nos damos cuenta. Al mismo tiempo que la realidad es paradisíaca, para la religión rabínica también es terrible: el Diluvio también está aquí, día a día, y si usted lo ignora, se está ahogando y no se ha percatado.

¿Y esto que tiene que ver con el próximo partido entre Colombia y Brasil?. Pues mucho, todo que ver. Nuestras actitudes colectivas, incluso las prácticas sociales sometidas a la voluptuosidad de los impulsos más básicos de las masas, como el fútbol (por eso Borges abominaba del fútbol y del deporte en general), mantienen una estrecha relación con las mitologías, con las gestas heroicas, con los libros sagrados.

Hagamos el puente. Hasta el momento, no hemos escuchado una apreciación o comentario acerca del partido Brasil-Colombia, distinta a las siguientes dos posiciones:

La primera, es la típica “qué susto, ahí viene el coco”, dónde nos escondemos. En su mejor forma, esa alternativa nos ofrece una lánguida esperanza, que bien ha expresado Vélez recientemente en Fox: ‘si estamos seriecitos y concentraditos’ en el juego contra Brasil, ‘de pronto se nos hace el milagrito’, no de ganar, si no de empatar. Así, todo chiquito (si por pudor prefiere ‘pequeño’, no importa), como las diminutas ’carnitas’ y ’huesitos’ de algún prócer nacional…

La segunda alternativa, opuesta a la anterior y no por eso mejor, es la del Pibe Valderrama, que con la misma valentía que cargó el equipo en sus hombros contra Alemania (el arrojo que le sobra a Bedoya, y que siempre será la envidia de Giovanny Hernández y Aldo Leao Ramírez), ha dicho que a Brasil hay que faltarle al respeto, atacándolo y ganándole.

La mentalidad a la que pertenecemos es así: hay ganadores o perdedores, es blanco o negro, hay superioridades e inferioridades, hay destituciones, hay estratos, hay un imperio del mal y uno del bien. Pero ¿qué tal si la realidad es gris, si sus valores son móviles y mutables?...

En ese caso, podríamos considerar una tercera alternativa, expresada en aseveraciones como las señaladas en el texto chino El Arte de la Guerra, muy distintas a nuestra concepción tradicional de la confrontación: “los que ganan todas las batallas no son los mejores. La excelencia está en aquellos que someten al enemigo sin entrar en combate”.

La frase tampoco es inocente. Gravita en ella una memoria cultural mucho más milenaria que nuestra confianza paradisíaca. Una mentalidad que declara que todo tiene dos caras y transcurre siempre hacia su opuesto, y que, por tanto, nunca hay algo definitivo.

El poderío también es una ruta hacia la debilidad, dependiendo de la ignorancia o sabiduría que tengamos para lograr que un ánimo trasmute a su opuesto. Lo que conquistamos directamente y por la fuerza, sin considerar las leyes del transcurso y del cambio, es insostenible, y pronto nos será arrebatado por una fuerza superior a la usamos para conseguirlo.

La debilidad de Brasil es su propia superioridad. Un enemigo superior corre el riesgo de sucumbir bajo su propio peso, convertido en sobrepeso por la acción de un enemigo que desde el centro de su propia soberanía le espera para devorarlo: la arrogancia. El enemigo siempre es interior.

La verdadera potestad de un guerrero, el que conoce y controla la ley de la transmutación, no es enfrentarse ni imponerse, pleno de egotismo. Craso error, pura vanidad. Al enemigo superior se le rinde sin luchar, logrando que se entregue mansamente, sin provocársele, sin estimularle para que ejerza su poderío.

En nuestra inferioridad frente a Brasil, reside nuestra fuerza. Para apropiarnos de ella, es necesaria una actitud previa que aún no asimilamos: la franqueza, la aceptación de nuestra desventaja, nuestra confianza en lo que somos. Pinto no es claro en el manejo, es subrepticio, toma decisiones y las defiende con sombras.

A cambio de esa convicción, estamos tensos y nerviosos. Ya el enemigo está venciéndonos, ya su superioridad actúa. Toda batalla se gana antes de llegar a la confrontación.

Nuestros deseos para la Selección Colombia son: que no nos preocupe ser lo frágiles que somos, que nos guste serlo y no nos avergüence esa condición aparentemente inferior. Fatal sería intentar huirle o negarla, pues la fragilidad, igual que la superioridad, cuando se le menosprecia también devora.

Una vez estemos tranquilos, afirmados y cómodos con el rostro que tenemos, podremos divertirnos. De eso se trata, siempre y en cualquier lugar.

Pedro Gambetta /
pedro_gambetta@yahoo.es

Bogotá D.C., Colombia, octubre 10 de 2007.