sábado 29 de septiembre de 2007

El_Globito / Columna

¿ EL FIN DEL 10 ? / DE ESTRELLITAS Y FIRMAMENTOS EN EL FUTBOL

El mítico número 10 ha mantenido, por generaciones y en ámbitos aparentemente disímiles de las actividades humanas, un mismo significado. Podríamos decir que el 10 no es estrictamente un número, sino un arquetipo. Pasemos a explicarlo.

Comencemos señalando que la numerología pitagórica, donde cada dígito expresa una ley, un principio o fuerza activa del universo, reconoce el 10 como la suma de los cuatro primeros números (1+2+3+4 = 10), que a su vez contienen a todos los demás.

Es decir, el 10 entraña la totalidad. La realidad es decimal, pues el 10 encierra tanto el sistema binario del mundo (el cero, vacío; y el uno, la plenitud), plataforma de valores sobre la cual funciona, por ejemplo, la red mundial de computo; como la presencia de la divinidad única en el mundo, que emerge cuando el 10 conjura su propia dualidad esencial, a través de la formula 1+0 = 1.

En general, las características simbólicas contenidas en el 10 arquetípico, son: máxima energía; perfección y capacidad de visualizar y ajustar los detalles; expresividad y poder sobre la forma; independencia y creatividad; capacidad de decretar y autodeterminar su propio destino; fuerza interior; y un aura de respeto y admiración.

Diez son los mandamientos de la ley de Dios, diez las plagas sobre Egipto, diez las sefirot judías que guardan el secreto nombre del creador del mundo, diez el valor que la caligrafía japonesa asigna a la cruz. Diez también es Bo Derek, puntaje insuperable de lo femenino, ¿la recuerdan en “10, la mujer perfecta”?, desnuda sobre el caballo o trotando en cámara lenta sobre la arena, mientras la brisa marina bate sus trencitas de rastafari, cubierta (no mucho) con el bañador de una pieza, color piel (humana), casi transparente. Inolvidable Bo…

Y claro, también está el 10 del fútbol, incluida la mítica discusión suramericana: ¿Pelé o Maradona?; sin olvidarnos de Cruyff, Breitner, Valderrama, Platiní, Francescoli, Zidane, Hagi, Totti….y una interminable lista de magos del balón.

La personalidad del futbolista 10 coincide con el magnetismo pitagórico asignado al número. En ese sentido (sólo en ese, por favor), los argentinos acertarían al confundir a “dios” con Maradona, que ya tiene religión propia, la “iglesia maradoniana”, y dicen contar con más de 20.000 fieles, y de pronto hasta con un sequito sacerdotal y rituales propios.

Pero, como todo, la luz del genial 10, el conductor, el hombre capaz de influir sobre la masa, tiene su cara sombría. La consigna de “cada ciudadano debe ser un 10”, promocionada por el capitalismo corporativo, ha traído altísimos niveles de soledad, frustración y resentimiento entre los ciudadanos del mundo occidental industrializado, igual que en todas aquellas sociedades que hemos consentido la ascendencia del modelo, sin examinar ni adaptar sus beneficios sobre nuestros pueblos.

El permanente bombardeo mediático del patrón de felicidad y éxito encarnado en la personalidad 10, es concreto: sea rico, acumule, compita y gane, vénzalos; alístese para ser bello, diseñe su sonrisa, la sonrisa abre puertas, diseñe su cuerpo, mortifíquese a diario frente al espejo, repitiendo la mágica combinación 90-60-90, agrande sus bíceps y sus tetas, endurezca sus abdominales, alárguese el pene, no importa que no funcione, basta con que todo en usted exprese el esplendor del glorioso 10; obtenga un flamante automóvil ultimo modelo, contágiese de la fuerza de sus caballos, de su glamour, de sus metálicos reflejos, del ímpetu arrasador de Rafa Nadal junto al 4 x 4 Kia, “la búsqueda de la perfección”; escale los estratos sociales sin consideración, despierte envidia, recuerde que ’es mejor despertarla que sentirla’; y claro, sea macho, acuéstese con cuanta pelamenta se le cruce, no la ame, no sea tonto, sólo poséala y déjele la marca indeleble de un 10, a menos que... sea millonaria.

Sufre el que quiere ser 10 y no puede, y sufre doblemente el que sí lo es. Le pesa el asedio, la permanente atención de los otros, el ultimátum de ganar, la responsabilidad de generar exclamaciones y vítores. Es casi un bufón, un esclavo nuestro, tan indispensable que tenemos que inventarlo o en todos los casos impedir que se nos derrumbe, a punta de fármacos, estimulantes o rumba, no importa. Es urgente mantener su divertida, contagiosa y muy rentable euforia.

A cambio de una ética del 10, cimentada sobre el hedonismo y el brillo de la personalidad, Humberto Maturana, uno de los biólogos y pensadores más importantes del siglo XX, ha reivindicado el sentido cooperativo y solidario de las comunidades de seres vivos que han encontrado en su pegajosidad interna, en la amorosidad que los mantiene unidos, la fuerza suficiente para sobrevivir y superar siempre las hostilidades del ambiente. Son comunidades 10, comunidades exitosas.

Descontando las naturales excepciones del azar o de alguna superdotada golondrina que en su soledad hizo un verano, podríamos afirmar que es común en los equipos de fútbol ganadores la presencia de un gran sentido de las complementariedades en el campo de juego, la profunda consciencia de integrar una red dinámica de reemplazos y apoyos.

Las Selecciones nacionales que han llegado a un mundial de fútbol con muchas figuras (con muchos 10), incapaces de ponerse al servicio de un propósito colectivo, han fracasado. En cambio, aquellas que han entendido el carácter cooperativo de la conquista, no sólo han sido exitosas como equipo, sino que han permitido fluir y alumbrar más a sus valores individuales.

Y no es que denigremos de la existencia de la naturaleza del 10. Todo lo contrario. La variación reside en que, así valorado, el 10 deja de ser una persona para convertirse en un lugar, sin duda imprescindible en cualquier organización. Un lugar que puede rotarse entre varias personas, o incluso, según el momento de desarrollo de un partido, ser ocupado por varias personas al mismo tiempo. El 10 es un espíritu, una actitud conjunta indestructible y ganadora, tal como la han entendido algunas sociedades gregarias orientales y amerindias.

En la música también encontramos las señales del comportamiento 10, representado en la percusión latina por el Bongó: agudo, libre, melódico, combinatorio, esporádico y fastuoso. El 5 y el 6, en cambio, se comportan como el golpe de la Conga: regular, grave, básico, indeterminado para un espectador ligero, y sin embargo llenándolo todo, es el fundamento y el último sonido en el pentagrama del universo, el bajo mántrico, sobre el cual crecen los demás sonidos.

¿Porqué nunca ganaron ni ganaran el Balón de Oro jugadores como Dunga, Guardiola, Tiganá, Gatusso o Makelele?. Son personalidades 5 o 6, encargadas de un trabajo insondable, sin el cual no hay equipo ni hay 10. ¿Cuánto le deben Rooney y Cristiano Ronaldo a Scholes, Carrick y Vidic?. Es fácil advertir a un 10, a todos nos impacta fácilmente su fugaz floritura, pero apreciar la labor de un Mascherano, de un Bedoya, de un Xavi, de un Essien, es una operación que exige segundas y terceras lecturas.

Un sentido asociado de juego, un equipo corto, aplicado y compacto, un espíritu 5 o 6, es el que debería gobernar, a nuestro modo de ver, el proyecto de la selección Colombia de hoy.

No sólo por la piedad de liberar a Macnelly o a Giovanny del trágico sino del 10, que aún les pesa, si no por convicción, como una opción de vida que favorece la fraternidad, donde pueden florecer y perdurar los temperamentos ingeniosos.

Pedro Gambetta pedro_gambetta@yahoo.es
Bogotá D.C, Colmbia, septiembre 29 de 2007.